18/06/2026
La pinta del chofer
Hubo una época en que el chofer de bus vestía mejor que el dueño de la empresa. Lo importante era la presencia, la elegancia y el tumbao. Eran conquistadores natos, unos verdaderos Don Juan de barrio que levantaban más suspiros que polvo en la carretera.
Camisa manga larga con dos o tres botones desabrochados, cadena brillando en el pecho, pulsera en la muñeca, reloj reluciente, zapatos blancos impecables y el famoso corte de cabello que en la Costa bautizaban con cualquier apodo jocoso. El perfume llegaba primero que el bus; podía ser una María Farina de aquellas épocas, porque un chofer que se respetara tenía que oler bueno y verse mejor.
Muchos los miraban y decían: "¡Míralo, se cree la última Coca-Cola del desierto!", pero ellos seguían desfilando como reyes de la carretera. Cada timbrada era plata y prestigio. Con más de 1.500 timbradas al día, las ganancias daban para vivir a la moda, estrenar ropa, ponerle lujo al bus y hasta echar cuentos de amores por cada ruta.
Y qué decir de la máquina. El estéreo o el cassette sonaba a todo volumen con salsa, yuca o vallenato, mientras el chofer manejaba como si fuera el dueño del camino. No era simplemente un conductor; era el Guerrero del Camino, el Rey de las Timbradas, un personaje que imponía respeto, estilo y admiración.
Hoy quedan los recuerdos. Porque si algo dicen los viejos de la esquina cuando ven una foto de aquellos tiempos es: "Compadre, esos choferes sí tenían pinta... y vaya que sabían lucirla".