Mi bisabuela Cayetana atendió, cuidó y hospedó a parientes y conocidos por muchos años en su casa-mesón, en la ciudad de Colima, esta casa es un homenaje a la vida de la mujer sencilla y amable que fuera Doña Cayetana. Su historia, como prácticamente la de la mayoría de las mujeres de su época, estuvo siempre ligada a la historia del esposo, de la casa, del hogar y de los hijos; arraigada tanto a
la tierra como al rebozo. Cuentan de ella, mi madre y mi abuela (q.e.p.d.), que solía ser una mujer reservada y de ánimos calmos. La conocí en fotografías color sepia, de esas que guarda tu abuela en un cajón viejo y pesado, y que te tiene prohibido sacarlas, porque al tocarlas se trae uno -además del polvo- un poco de la propia historia en la yema de los dedos; y esa, la historia de sus fotografías, sólo le pertenecía a ella. Desde la primera vez, la vi impasible y serena, de tez blanca y chongo recogido. La desgracia de la muerte de Don Francisco Virgen, su esposo, trajo una tremenda soledad y desamparo; pero ella, siempre estoica y fuerte, al lado de mis tías y tíos abuelos. A través de los años y de los jocosos relatos de mi madre y mis tías abuelas, he podido imaginarme su temperamento; sin lugar a duda, tuvo que haber sido forjado por los sinsabores vividos durante la revolución cristera y la inexplicable muerte de mi bisabuelo. En la memoria de mis tías abuelas vive el recuerdo de cómo, después de la pérdida insustituible de su padre, tuvieron que venir a vivir a la ciudad con la esperanza de subsistir y construirse algún tipo de futuro. En un siglo en el que ser mujer, viuda y con siete hijos representaba todo un estigma, mi valiente bisabuela decidió migrar, no había más que hacer para ella en Minatitlán. Recién llegada del rancho, como aún solemos llamar a las comunidades que se encuentran lejanas a la ciudad capital de nuestro estado; Cayetana se avecinó con aquellos conocidos y familiares que le antecedieron a llegar a la ciudad. Fue así como con toda su prole y la calma que le caracterizaba, que rentó el mesón de Don Nicanor y se instaló a vivir en Colima, en la famosa calle cinco de mayo. A desvelos, cosiendo y atendiendo su casa como mesón, salió adelante cuanto le fue posible. Criaba hijos y cosía ajeno, lavaba y rezaba, porque además de todo había que vivir con fe. En el año de 1972 el cansancio y también porqué no, la tristeza y el dolor por años acumulado, le cobraron factura y partió al descanso eterno. Para mi mamá y mi abuela: una gran pérdida; para mí: la raíz de mi historia. El Mesón de Cayetana rinde honor a su memoria y legado, herencia intangible de gran valor, que a través de mi abuela y mi madre trascienden hasta mí. A ratos, soy todas ellas a la vez. Parte de sus tristezas, alegrías, amores y desamores viven en mí y me han hecho ser quien soy. Reconstruir el inmueble ahora bien nombrado, Mesón de Cayetana, en el municipio de Comala, haberlo dotado de esencia e identidad en cada rincón, color y textura, me llena de orgullo. Con amor y respeto este es un homenaje hacia las grandes mujeres de mi familia: mi madre, Ana Bertha; mi abuela, Ofelia (q.e.p.d.); mi tía abuela, Consuelo Evelia (q.e.p.d.); mi tía abuela, Melania (q.e.p.d.); mi tía abuela, Emma y la tía abuela Yolanda. Y por supuesto, recuerdo y homenaje a mi bisabuela Cayetana, nuestro origen. Con sincero amor a
mis raíces y pasado:
Ana Evelia