Casa dos Falcões

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Casa dos Falcões Empreendimento turístico classificado como "casa de campo", na tipologia de turismo no espaço rural. Registado sob o nº 3793 no "Registo Nacional de Turismo"

Casa composta por 2 pisos: Piso térreo é um open space onde está a cozinha e zona da sala de jantar e de estar . Piso superior, composto por dois quartos de dormir e as instalações sanitárias. No jardim existe um espaço coberto destinado a churrascaria.

20/08/2024
20/08/2024

BRAVUCONADAS DE LOS ESPAÑOLES

El francés Pierre de Bourdeille recogió algunas de las contestaciones más ingeniosas que dieron los españoles del siglo XVI, al apreciar que ninguna otra nación tenía tanto talento para proclamar sus bravatas y en respaldarlas con los hechos. Este aventurero francés admiraba por muchas razones el carácter español y dedicó un texto a lo que él llamó las «Rodomontades Espaignolles», que se ha traducido de forma poco precisa como «Bravuconadas de los españoles». No obstante, en su momento «rodomontade» no tenía el significado negativo que le vincula hoy a fanfarronería, sino que se entendía a cuando la altanería de palabra y acción se acompañaba de ingenio y agudeza. De ahí que al inicio de su texto Bourdeille proclame que «las fanfarronadas españolas superan a las de cualquier otra nación, tanto que la nación española es brava, bravucona y valerosa, y de genio vivo y hábil para improvisar frases con ingenio».

Un ejemplo de estas contestaciones bravuconas, recogida por Bourdeille, es la que él mismo escuchó durante el socorro de Malta, cuando Felipe II envió en 1565 una flota al rescate de la isla defendida por la Orden de San Juan ante las acometidas del Imperio otomano. Al preguntar a un soldado español especialmente discreto sobre cuántos efectivos había mandado el monarca español para romper el asedio, contestó: «Señor, yo lo diré: hay tres mil italianos, tres mil tudescos (alemanes) y seis mil soldados». Dada la superioridad de la infantería española en aquellos siglos, el fanfarrón español no consideraba a los italianos y a los alemanes soldados; solo a los seis mil españoles.

Próspero Colonna, comandante italiano al servicio del Imperio español, fue informado de que entre sus tropas había un español llamado Lobo capaz de ganar a cualquiera en velocidad incluso cargando él con un carnero a la espalda. El italiano se propuso probar si era cierta la bravuconería, a lo que le encomendó que capturara a un soldado francés del campamento enemigo y lo trajera rápido cargando con él. Y como si fuera un carnero, lo cargó a hombros y lo llevó a su presencia para que le interrogaran los oficiales de Colonna. El comandante rió al ver la estampa y recompensó a Lobo por su hazaña.

Las «rodomontades» eran cosa de los soldados, pero también de cualquier español con lengua afilada. Cuenta el cronista francés que un franciscano visitó la corte portuguesa cuando se celebraba con gran algazara el aniversario de la batalla de Aljubarrota, una desastrosa derrota castellana ante los portugueses acontecida a finales de la Edad Media. El Rey portugués preguntó al franciscano si en Castilla se celebraban también fiestas tales por semejantes vencimientos. «No se hacen, porque son tantas las victorias nuestras, que cada día sería fiesta, y morirían los oficiales [artesanos] de hambre».

Las bravatas de esta clase resultan un elemento habitual en los ejércitos de todos los tiempos y una forma de desviar tensión durante situaciones extremas. Si bien la exageración constituye buena parte de la esencia de estas «bravuconadas», lo que más admiración causó a Bourdeille cuando escribió su obra es que las palabras estaban casi siempre respaldas por hechos grandiosos y personajes fuera de lo común. La diferencia respecto a otros países, al menos según Bourdeille, es que ninguna otra nación de su tiempo se manejaba también en ese tipo de frases ingeniosas, lo que no resulta sorprendente si se tiene en cuenta que la literatura castellana vivía su particular Siglo de Oro y algunos poetas, como Garcilaso de la Vega, Lope de Vega o Calderón de la Barca, pertenecieron a esa misma milicia.

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20/08/2024
20/08/2024

El 19 de agosto de 1825 murió ahorcado Juan Martín Díez, llamado «el Empecinado», militar y héroe de la guerra de la Independencia Española, en la que participó como jefe de una de las guerrillas legendarias que derrotaron repetidas veces al ejército napoleónico.

Se le enterró otorgó el privilegio de usar el renombre de Empecinado, para sí, sus hijos y herederos. El apodo de este personaje histórico ha enriquecido nuestro idioma y así se dice empecinarse a obstinarse o empeñarse en conseguir un fin. No obstante, dicho apodo viene de más antiguo, pues era el apodo que tenían todos aquellos que nacían en el pueblo de Castrillo de Duero al parecer por la abundancia de pecina (cieno negro) en el arroyo Botijas que cruza el pueblo. La palabra empecinado tenía el sentido, referido a una persona, de sucio y poco cuidado. Pero este personaje cambió definitivamente el sentido de la palabra, otorgándole mayor nobleza.

Cuando el rey Fernando VII regresó a España y restauró el absolutismo, tomó medidas contra los que consideraba sus enemigos, los liberales, entre otros el Empecinado, que fue desterrado a Valladolid. En 1820 tuvo lugar el pronunciamiento de Riego y el Empecinado volvió a las armas, pero esta vez contra las tropas realistas de Fernando VII. Durante los años siguientes, el Trienio Liberal, fue nombrado gobernador militar de Zamora y finalmente, Capitán General.

Al parecer, el rey Fernando VII intentó que el Empecinado se adhiriese a su causa (a pesar de previamente haber jurado la Constitución de Cádiz) y se uniera a los «Cien Mil Hijos de San Luis»; ofreció otorgarle un título nobiliario y una gran cantidad de dinero, un millón de reales. La respuesta del Empecinado fue: «Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos».

En 1823 acaba el régimen liberal. Juan Martín marchó entonces al destierro en Portugal. Decretada la amnistía en 1824, pidió un permiso para regresar sin peligro, permiso que le fue concedido. Pero Fernando VII no estaba dispuesto a someter sus odios a la benevolencia del decreto y había ordenado coger a Ballesteros y despachar al otro mundo al Empecinado». Volviendo el Empecinado fue detenido en la localidad de Olmos de Peñafiel junto con sus compañeros por los Voluntarios Realistas de la comarca.

El Empecinado fue condenado a morir ahorcado en la Plaza Mayor de Roa...».La ejecución se llevó a cabo el 19 de agosto de 1825.

El alcalde de Roa, que llevó a cabo los preparativos de la ejecución y fue testigo de la misma, cuenta la escena:

"Cuando se dio cuenta de que lo iban a subir por la escalera del cadalso, dio tan fuerte golpe con las manos, que rompió las esposas. Se tiró sobre el ayudante del batallón para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las filas de los soldados.

La confusión fue terrible. Tocaban los tambores, corrían despavoridas las gentes sin armas y las autoridades; los sacerdotes y el verdugo se quedaron como paralizados...
Gritando a los voluntarios realistas —que intentaban atravesarle con las bayonetas— que no le hiciesen daño, que este reo lo que quería era hacer alguna de las suyas, mandé a un grupo de soldados que lo sacasen de entre las dos o tres filas que había logrado atravesar. [...]

Por fin, los voluntarios realistas pudieron sujetarlo y lo colocaron en el mismo sitio donde estaba cuando rompió las esposas, esto es, junto a la escalera de la horca.
Los sacerdotes intentaron exhortarle, pero, viendo que no les hacía caso, y, por el contrario, parecía burlarse, el fray Ramón, dirigiéndose al público como si echase una plática cristiana, gritó: —¡No recéis por este perverso, que muere condenado!— [...]
Entonces, para evitar forcejeos y trabajos, se trajo una gruesa maroma y se ató por medio del cuerpo, y así se le subió hasta el punto donde tenía que hacer su trabajo el ejecutor de la justicia, que, ayudado por algunos voluntarios realistas, le sujetó fuerte, cogiéndole por los cabellos, y le preparó bien los cordeles. [...]
Se dio la última orden y quedó colgado con tanta violencia que una de las alpargatas fue a parar a doscientos pasos de lejos, por encima de las gentes. Y se quedó al momento tan negro como un carbón."

Fray Ramón de la Presentación, el mismo que aparece en el relato, violó el sagrado secreto de confesión revelando a las autoridades que El Empecinado le había dicho en confesión que tenía escondidos 14 000 reales para que los hiciera llegar a su familia, que iba a quedar en la miseria.

Así trata España a sus héroes, así trató Fernando VII al que con tanto ahínco luchó por su majestad, el propio Fernando.

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20/08/2024

Se trata de Diego Santos, sobrino del exvicepresidente Francisco Santos, que en sus redes sociales cuestionó el proyecto político del jefe de Estado, que según él “está haciendo la tarea para construir la Colombia del terror”

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