29/07/2026
Ser un niño o niña del pueblo tenía algo de irrealidad.
Los que nos criamos acá, sea afuera o adentro, tuvimos una libertad que ya no era tan común en los 90.
Infancias de pies en el suelo con advertencias de que el pie nos iba a quedar grande de andar descalzos. Unas patitas 4×4 que, a diferencia de los niños de ciudad, podían correr sobre el balastro sin problemas.
En el mismo lugar podías ser de mar, de monte o "de la ruta", que éramos los que vivíamos afuera, sobre la ruta nacional número 9.
Sin importar en qué parte de Punta del Diablo nos criáramos, existía esa sensación de mundo aparte. Eran pocas las oportunidades de salir, generalmente "los viajes de la escuela" o de alguna otra actividad. Era la ocasión para conocer todas las realidades, ver la ciudad. Así como existe gente que no conoce el mar, también están los que no conocen tierra adentro o la capital.
La noche anterior a los viajes no se dormía, se hacía uso de "la ropa de salir", y estoy segura de que todos los niños que nos criamos en los 90 y 2000 en Punta del Diablo tenemos algún recuerdo así.
Había distintas realidades puertas adentro, pero las infancias compartidas disolvían las diferencias, que eran cosas de los adultos.
No había muchas teles; al principio, solo antena de parrilla que había que sintonizar para que se viera algún canal uruguayo. Algunos tenían parabólica: esos miraban El Chavo en portugués, Faustão los domingos y, por supuesto, Xuxa.
Yo llegué en el 93; los niños de ese tiempo hoy estamos entre los 30 y 40 años.
Mis recuerdos del Punta del Diablo de esa época son naranjas, aunque en la ruta predominaba el verde del monte de pino y el campo del horizonte. Naranjas eran los atardeceres.
A nada de mi mundo, después de 5 km, llegabas al mar. En lo más bajo del pueblo: casas de los dos lados, puestitos con artesanías, olor a pescado y, atrás de esas casitas entre los pasadizos y galpones, el mar.
Daba la sensación de estar dentro de una película; yo venía de la ruta, tenía que atravesar un monte verde hasta que se empezaba a ver arena y un horizonte de mar.
Por un lado teníamos los agónicos y solitarios inviernos, y en contraste el verano, donde el pueblo se llenaba de gente: adultos y niños que venían a darse baños de mar, a descansar, a mezclarse con los costeros, a escuchar historias fabulosas y traernos a los niños de acá cuentos e historias de lo que era el mundo allá afuera. La ciudad. Hablaban de ir a "colegios" y tenían olor a protector solar.
E imagino que la noche anterior a venir para acá tampoco dormían, soñando sus propias aventuras cerca del mar.
•