19/07/2026
Se viene otra final del mundo con Argentina. Otra con Messi: la tercera de su carrera. Y, una vez más, Leo está derribando una pared.
Quizás el mayor mérito de su carrera no sea una estadística inalcanzable, sus goles, sus jugadas de antología, sus récords de títulos o sus premios individuales, sino haber estado a la altura de una expectativa descomunal.
Ningún deportista jamás cargó con una vara tan absurda: para no ser considerado un fracaso, Messi debía convertirse en el mejor de la historia. Creció bajo la sombra de héroes míticos como Maradona, casi obligado a repetir al Diego del 86 cada vez que se ponía la celeste y blanca. Se esperaba de él que, como mínimo, fuera un mito viviente. E, increíblemente, lo consiguió.
Disfrutemos también el ejemplo que nos deja. Incluso el más talentoso de todos fue aplastado por la presión, cuestionado y señalado como un fracasado una y otra vez. Un ser humano tan extraordinario, una anomalía deportiva que parece estadísticamente imposible, también tuvo que entregar cada gota de sudor, fuerza y voluntad para alcanzar las metas que el mundo entero había puesto sobre sus hombros.
Porque aunque Nació para esto, luchó, se superó, pero aun así, necesitó de un grupo de personas que se complementaran a la perfección. Porque nadie gana solo. Ni siquiera el más grande de la historia. Todos necesitamos de un equipo.
Disfrutemos el privilegio de verlo, de poder decir que vivimos su época y, sobre todo, de comprender lo que su historia puede enseñarnos para nuestras propias vidas.