06/02/2018
No sé qué edad tenía la primera vez que visité las sierras. Debía ser muy chico, porque en las pocas imágenes que me vienen a la mente, el ángulo de visión parece surgir de entre los matorrales y apuntar hacia arriba, como en un esfuerzo por despegarse del suelo. Además, el recuerdo no aparece ligado a ninguna información particular ni posee un anclaje preciso, es apenas una conjunción de impresiones difusas surgidas de esa dudosa región de la memoria que termina por mezclarse con los sueños.
Mi primer recuerdo de las sierras es, en definitiva, un recuerdo puro, incontaminado, ajeno a los marcos explicativos y a la visión cansada de quien cree comprender el mundo y, por eso, en lugar de perderse, desglosa, en lugar de entregarse, calcula, en lugar de percibir, decodifica.
Mi recuerdo sabe poco, apenas lo justo y necesario: sabe que debía ser verano, porque latía en mí la libertad y el alborozo que sólo se siente en vacaciones; sabe que debía ser temprano en la mañana, porque la luz del sol era apenas una caricia tibia y el aire aún fresco de la altura se colaba entre mis shorts e inflaba las aletas de mi remera; sabe que las sierras salieron al encuentro de mi blanda y ansiosa mente infantil que, atenta a todo, lo mismo podía verse fascinada por el porte de animal prehistórico de un tren en movimiento, que por la imagen casi fantasiosa de un ave más grande que lo habitual haciendo la plancha en un cielo de piscina; lo mismo por el cruce entre la perfección minuciosa y la magnitud colosal de un estadio visto desde adentro, que por la cercana rispidez de los matorrales y las sendas pedregosas, su contraste con la alfombra de terciopelo que ofrece a la distancia la pendiente de las sierras.
Cada vez que vuelvo a visitar las sierras, más allá de la visión cansada, tras el fondo falso de la mente que desglosa, calcula y decodifica, el aire es siempre el mismo, y yo vuelvo a ser el que en un lugar así creyó intuir una suerte de salvajismo acogedor que me llamó a silencio. Hasta que a la NASA se le ocurra algo mejor, las sierras serán mi máquina del tiempo. Una modesta forma de percibir la eternidad en el punto exacto donde presente, pasado y futuro confluyen y a la vez pierden su significado.
Por Nicolás Schvartzman