11/10/2026
- 12 de octubre, conmemoramos el Día del Respeto a la Diversidad Cultural-
Compartimos la alegría contagiosa de grupos de Teatro Independiente, de diferentes provincias que nos visitan en Villa Carlos Paz, para participar del FITI. Un festival que tiñe a la ciudad de humor, magia, ensueño, de amor, ternura con sus interpretaciones, creatividad y energía en el marco de la celebración del Día de la Raza. Pinta la bandera con los colores que elija tu corazón!
Te brindamos desde AH El Pórtico, un tierno cuento, una reflexión para acompañar el día en que la vida nos toma de las manos a todos.
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El Gran Telón de Todos los Colores
Había una vez un viejo teatro de madera en el centro de la ciudad. Sus paredes guardaban el eco de mil risas, de pasos cansados y de aplausos que parecían tormentas de verano. Sin embargo, desde hacía tiempo, el telón principal permanecía cerrado. Estaba desteñido, gris y triste, como si el color hubiera decidido mudarse a otra parte.
Un día, un grupo muy particular de artistas decidió abrir las puertas. No eran iguales entre sí, y eso era precisamente lo que los hacía imbatibles:
* Sora, una titiritera con rizos de fuego que se movía con la velocidad del viento en silla de ruedas.
* Mateo, un actor sordo que contaba historias con las manos dibujando poesía en el aire.
* Luz, una cantante de piel color canela cuya voz sonaba como un río de octubre.
* don Elías, un carpintero de ochenta años que creía que la madera tenía memoria.
—Aquí falta algo —dijo Sora desplegando un mapa de telas sobre el suelo del escenario.
—Falta luz, pero no una sola luz blanca y fría —respondió Mateo con señas rápidas que Luz tradujo con su voz cálida—. Falta el verde de los montes, el amarillo del pan recién hecho, el violeta de las tormentas y el azul profundo de la noche.
Se propusieron levantar una obra. No tenían dinero para comprar vestuarios lujosos, así que usaron lo que la vida les daba: retazos de tela donados por los vecinos, botas viejas, collares rotos que brillaban con historia propia y palabras recogidas en las plazas.
Durante semanas, el teatro dejó de estar silencioso. Olvidados los miedos, ensayaron entre risas, choques de tazas de café y correcciones con amor. Mateo enseñó al elenco a escuchar con los ojos; Sora mostró cómo la gravedad no importa cuando el cuerpo baila con el alma; don Elías construyó tramoyas que se movían con un suspiro.
Llegó la noche del estreno. El viejo teatro olía a almendras tostadas y a expectativa. Cuando el público se sentó en las butacas, el viejo telón gris comenzó a temblar.
Sora tiró de la cuerda.
El telón no se abrió a la mitad: se desarmó en cintas de colores vivos —rojos, verdes, turquesas, ocres y dorados— que flotaron sobre las cabezas de los espectadores. En el centro del escenario, bajo un reflector amarillo, todos los actores salieron a escena. No recitaban un guion impuesto; contaban quiénes eran, de dónde venían y por qué sus diferencias hacían que el mundo fuera un cuadro perfecto.
Al terminar, el silencio duró un segundo. Luego vino el estallido. El aplauso sonó como un trueno alegre, y el teatro —ese viejo cascarón de madera— volvió a respirar. En ese instante, todos entendieron el secreto: la vida no es un solo tono aburrido, sino una fiesta donde cada color, cada voz y cada latido encuentran su lugar exacto para brillar.
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