31/08/2020
El otoño —invierno en el campo nos brindó momentos de introspección, de calma, de recogimiento, lentitud y de integrar los frutos del verano anterior. Las cosechas de frutos, bulbos y raíces continúan tomando forma de encurtidos, salsas y fermentos que, nos permiten disfrutar de ellos durante todo el año y compartir en abundancia su microbiología.
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En esta ocasión quisimos llevar a cabo nuestra receta de repollo fermentado (chucrut), para la cual necesitamos repollo, sal y paciencia. El proceso de fermentación se extiende por un mes completo, y al consumirlo esto se traduce en la diversificación de la ecología microbiana de quién la consume.
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La fermentación, desempeña un papel amplio y vital en todos los ciclos de nutrientes, tanto así, que todos los seres vivos hemos coevolucionado con ella. Los genes bacterianos han enriquecido el potencial metabólico limitado de los organismos eucariotas, acelerando y facilitando nuestra adaptación. Habitan en todas nuestras superficies, en especial en las zonas más cálidas y sudorosas de nuestro cuerpo. Su presencia en nuestro intestino nos ayuda a descomponer nutrientes que no somos capaces de digerir, regulan el uso-almacenamiento de energía, producen vitamina B y K, brindan defensa vital y modulan la expresión de algunos genes, regulando así: la respuesta inmunitaria.
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La alimentación industrializada y altamente estéril, opaca la posibilidad de las bacterias intestinales de intercambiar (mejorar/adaptar) su propia información genética. Lo mismo ocurre con el uso de agrotóxicos en la agricultura. Efectivamente: salud para el agroecosistema, se traduce en salud para el sistema-cuerpo y su coevolución en armonía. @ Algarrobo, Valparaiso, Chile