17/06/2025
-¿Y tú por qué estás aquí? - le preguntó un preso ya mayor al nuevo joven que acababa de llegar a la celda.
El muchacho bajó la mirada. No sabía si contarle todo.
Pero lo hizo.
—Mis papás nunca me dijeron que no.
Desde que era niño, me daban todo lo que pedía. Si quería un juguete, lo tenía. Si no quería hacer la tarea, me defendían con los maestros. Si rompía algo, lo justificaban. Nunca hubo consecuencias. Nunca hubo límites.
Me burlaba de la autoridad, mentía, faltaba al respeto... y en lugar de corregirme, mis papás decían: "Así son los niños, ya se le pasará."
Un día robé una pluma en la tienda. Lo vieron... y me defendieron.
Después robé una bicicleta. Y dijeron que no era para tanto.
Y luego fue un celular. Una cartera. Una moto.
Y aquí estoy... por un asalto.
-¿Y tus papás?
-Ellos todavía dicen que fue mala suerte. Que me junté con malas compañías. Que la sociedad está mal.
El preso mayor suspiró y le dijo:
-La cárcel no se llena solo de delincuentes... también se llena de hijos a los que nunca les enseñaron consecuencias.
Porque si en casa no hay límites, la calle se encarga de enseñarlos... a la mala.
Moraleja:
Si quieres criar a un buen ser humano, no le des todo...
enséñale todo.
No le evites las consecuencias... enséñale a enfrentarlas.
Porque el amor no es darlo todo...
Es preparar a tu hijo para no perderlo todo.