09/04/2026
La Laguna que regresa en la memoria
A veces no regreso a los lugares:
son los lugares los que regresan a mí.
Y entonces vuelve, intacta y silenciosa, la Laguna Grande, extendida como un espejo antiguo en el corazón de la Reserva de Producción de Fauna Cuyabeno. No la veo solamente: la recuerdo con el cuerpo entero, como si el aire húmedo aún respirara dentro de mí.
Fui allí invitado por Luis Borbor e Irene Pineda, doctores en biología, que no solo conocen la selva: la comprenden. Y en esa comprensión, generosa y abierta, me permitieron entrar —no como turista, sino como testigo.
Recuerdo el viaje como una lenta disolución del mundo conocido.
El camino, la canoa, el rumor del agua oscura abriéndose paso entre raíces sumergidas… y luego, de pronto, la laguna: vasta, serena, casi inmóvil, como si el tiempo hubiera decidido descansar allí.
Las aguas negras —tan llenas de vida— no eran oscuras, no en verdad. Eran profundas. En ellas se reflejaban los árboles, el cielo, las nubes errantes, y uno mismo, vuelto pequeño, transitorio. Aquel espejo no devolvía una imagen: devolvía una pregunta.
Al atardecer, la luz se inclinaba con una suavidad que no he vuelto a ver. El sol descendía sin prisa, y la laguna lo aceptaba todo: el oro, el fuego, el silencio. Había un instante —breve, irrepetible— en que el cielo y el agua eran una misma cosa, y uno no sabía ya dónde terminaba el mundo y dónde comenzaba su reflejo.
Pero no era solo la belleza.
Era la vida latiendo en cada borde, en cada sombra. El movimiento apenas perceptible de un caimán, el soplo distante —casi mítico— de un delfín rosado, el vuelo repentino de un ave que rompía el silencio como una idea. Todo allí parecía existir con una intensidad distinta, como si cada ser supiera que forma parte de algo mayor, antiguo e indivisible.
Porque hay lugares que uno visita…
y hay otros —como la Laguna Grande— que se quedan habitándonos para siempre.
Autor: Pedro Ortiz