20/03/2025
Edison Ñauca es un vendedor ambulante que recorre las calles del centro de Babahoyo con un solo objetivo: ganarse el pan del día vendiendo la tradicional guatita, o como muchos la llaman con cariño, la chepa de vaca. Su jornada empieza cuando la ciudad aún duerme.
A las 5 de la mañana ya está en pie, con el delantal puesto y el alma llena de esperanza, moliendo maní y cocinando mondongo, siguiendo la receta que le enseñó su abuelita, esa que huele a hogar y a tiempos mejores.
A las 9 en punto, Edison ya está en la calle, empujando su triciclo y pregonando con voz fuerte pero amable: “¡Venga, venga, que se acaba la guatita! ¡Quedan solo tres platitos!” Ese platito que vende por un dólar es más que comida, es un alivio para muchos.
Gente que sale de casa sin desayunar, con el estómago vacío y el bolsillo apretado, encuentra en su guatita un consuelo.
Por un dolarito llenan la barriga y siguen su camino, agradecidos.
Pero no todos pueden pagar, y Edison lo sabe. Cuando se le acercan con la mirada baja, preguntando si podría regalarles un platito, él no duda.
Les sirve con el mismo cariño de siempre, porque ha conocido el hambre en carne propia y sabe lo que duele.
Entre ollas humeantes y sudor, Edison saca adelante a su familia.
No pide mucho, solo que Dios le dé fuerzas, salud y trabajo para seguir luchando.
Agradece cada cliente, cada sonrisa, cada “qué rica que está la chepita, ñaño”. Con humildad y esfuerzo, se ha ganado el respeto de su comunidad.
Si lo ves pasar con su triciclo, no lo ignores. Acércate, prueba su guatita, esa que sabe a lucha, a historia y a corazón.
Porque detrás de cada platito hay un hombre que, a pesar de todo, nunca deja de sonreír.
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