19/01/2026
Se llama horcajo a la confluencia de dos ríos. Esta palabra procede de la voz latina "furca", que se refiere a la unión de dos brazos en uno. El punto donde se juntan dos cauces, más aún si éstos son profundos y horadados, resultaba antiguamente un lugar ideal para levantar una fortaleza o un poblado, debido a las buenas posibilidades defensivas del lugar. A lo largo de la geografía castellana encontramos múltiples ejemplos de villas y ciudades construidas en un horcajo, véanse como muestra Cuenca, Coca, Pedraza, Segovia o Arévalo. En estos tres últimos casos el esquema urbano es muy similar: población amurallada sobre un cerro, bordeada por dos ríos y con un castillo en la punta, donde los cauces se juntan.
En Arévalo, sobre el encuentro del Arevalillo con el Adaja, se alza el formidable castillo que en el siglo XV mandó reconstruir don Álvaro de Zúñiga. Su planta pentagonal lo asemeja a un baluarte y enfatiza su carácter defensivo. El proyecto resulta adelantado para su época, siendo una evolución del castillo medieval. Las obras impulsadas a principios del XVI por Fernando el Católico acabarían por imprimirle un carácter artillero. Tanto las cañoneras como las troneras llaman la atención en un conjunto sobrio y macizo.
Tras duras etapas de ruina, que quedaron retratadas por Francisco Javier Parcerisa en 1865 con un exquisito gusto romántico, nos encontramos hoy la fortaleza reconstruida gracias a su uso a partir de 1952 como granero para el Servicio Nacional del Trigo. Resulta estupendo que después de siglos y avatares podamos hoy contemplar íntegra tan sugerente construcción, hogar de tantas historias.