26/09/2025
Saben qué? El otro día me metí a una de esas cafeterías modernas… y no, no era porque quisiera, sino porque me arrastraron. Yo con mi carita de “¿dónde venden aquí el café de olla?”. Pues nada, me topo con un menú que parece trabalenguas: latte, frappé, macchiato, flat white, cold brew… y yo pensando: ¿pos no que el café era caliente y ya?
Y luego empieza el desfile: “Con leche de soya, deslactosada, de almendra, de avena…”, y yo ahí, esperando a que dijeran: “con leche de vaca feliz de rancho”, porque esa sí me la creo.
El colmo fue cuando la muchacha de adelante pidió: “un caramel macchiato venti, descafeinado, extra light, con shot de vainilla y espuma de leche al vapor”. ¡Ah caray! ¡Eso ya no es café, es un hechizo! Yo nada más estaba esperando que sacara varita y dijera: “¡espresso patronum!”
Pero lo que me mató fue cuando le dieron su vaso con el nombre mal escrito y ella, tan orgullosa, le tomó foto. ¡Foto al vaso! Yo pensé: “¿será pa’ acordarse qué pidió o por si se le olvida quién es?”. Pero por si las dudas, yo también le tomé foto al mío. No vaya siendo que a la salida me digan: “muestre evidencia de su bebida gourmet, señora”.
En fin, salí con mi café que costó lo que un kilo de carne y pensé: mejor en mi casa, cafecito de olla, panecito de don Germín, y sin tanto show. Porque sí, muy modernos, pero nada como el aroma a canela del café de rancho, servido en tacita de peltre… y sin hashtag.
Y a pesar del trabalenguas para pedir mi café , aquí entre nos ni estaba tan bueno.