29/04/2026
Hay un silencio bien educado alrededor de ciertos lugares. Un pacto tácito de no nombrarlos con claridad. Se dice “hotel de paso”, “albergue transitorio”, “un lugar discreto”. Nunca la palabra exacta. Nunca Motel. Como si al pronunciarla se derrumbara una fachada que protegemos con esmero: la de que el deseo planeado, el encuentro cifrado en el reloj de dos horas, no tiene la misma dignidad que la pasión doméstica o la cita romántica de película.
Pero la pregunta incómoda es otra: ¿quién definió que lo intenso debe durar toda la noche? ¿Quién dictó que una conversación de piel no puede ser tan profunda como una cena con velas? La hipocresía del amor moderno consiste en venerar la conexión emocional mientras se juzgan sus coordenadas más honestas. Porque ir a un Motel sofisticado y elegante no es esconderse. Todo lo contrario. Es elegir la claridad: aquí venimos a lo que venimos, sin el disfraz del “subimos por un café”.
A veces, lo más romántico es mirar a los ojos hasta llegar a la habitación y decir, sin titubear: esto es lo que quiero, aquí, ahora. No hay mayor declaración de amor que la que prescinde del mañana como garantía.
Así que pregúntate, sin ironía: ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo intenso sin necesidad de explicarlo después? ¿Cuándo fue la última vez que el placer fue tan diáfano que ni siquiera necesitó una justificación moral? Si la respuesta te incomoda, bienvenido. Porque un Motel elegante no es un refugio para la culpa. Es un espejo. Y lo que refleja, a veces, duele más que cualquier noche de hotel cinco estrellas.