17/07/2026
Hace poco más de 24 años llegó el nombramiento de Pueblo Mágico. Para algunos fue solo una placa; para otros, fue el inicio de una transformación económica que cambió el destino de nuestro municipio.
Hoy es fácil olvidar lo que significó ese momento.
Las nuevas generaciones crecieron viendo hoteles, cabañas, restaurantes y visitantes recorriendo nuestras calles. Para ellos, Tapalpa siempre ha sido un destino turístico.
Pero quienes vivimos aquel cambio recordamos otro pueblo.
Recordamos un Tapalpa donde encontrar trabajo era difícil. Donde muchos jóvenes hacían sus maletas para buscar oportunidades en Guadalajara, en Estados Unidos o donde hubiera un futuro mejor. Donde el campo no era un paseo de fin de semana, sino la forma de llevar alimento a la mesa: la temporada de manzana, el durazno, los hongos después de la lluvia, los coamiles... eran parte de la vida cotidiana.
No era un pueblo sin esperanza. Era un pueblo que luchaba por salir adelante.
Entonces llegó el turismo.
No resolvió todos los problemas, pero abrió puertas que durante muchos años permanecieron cerradas. Después llegaron nuevas inversiones, crecieron los negocios familiares, la construcción encontró impulso y muchas personas pudieron quedarse en la tierra donde nacieron.
Con el paso del tiempo también llegaron nuevos desafíos. A veces sentimos que el turismo rebasa nuestra tranquilidad, que las calles ya no son las mismas o que el ritmo del pueblo cambió demasiado.
Y quizá sea cierto.
Pero de vez en cuando vale la pena mirar una fotografía antigua y preguntarnos: ¿qué habría sido de Tapalpa si aquella oportunidad nunca hubiera llegado?
Recordar no significa vivir del pasado. Significa entender por qué hoy somos lo que somos.
Porque la esencia de Tapalpa nunca ha estado en los hoteles ni en los restaurantes. Siempre ha estado en su gente.
Y esa, afortunadamente, sigue aquí.