10/03/2026
José de la Borda: el magnate de la plata que también caminó por Tlalpujahua.
Hay historias que parecen pertenecer a lugares lejanos… pero cuando uno las mira con calma, descubre que también pasan por nuestros propios caminos.
La historia de José de la Borda es una de ellas.
En el siglo XVIII llegó a la Nueva España un hombre nacido en Europa que buscaba lo mismo que tantos otros: fortuna en las minas. No llegó como un gran señor ni como un noble poderoso. Llegó como muchos llegaron: con esperanza, con ambición y con la intuición de que bajo la tierra de estas montañas dormía una riqueza inmensa.
Antes de convertirse en uno de los hombres más ricos del virreinato, Borda recorrió varios distritos mineros del centro de la Nueva España. En ese mundo de socavones, vetas y barreteros aparece un nombre que para nosotros no es ajeno: Tlalpujahua.
En aquellos años, Tlalpujahua ya era un importante centro minero. Sus montañas guardaban plata desde siglos atrás y sus caminos formaban parte de una red minera que conectaba pueblos como Angangueo, El Oro, Temascaltepec y Taxco. Por esas rutas se movían mineros, comerciantes, inversionistas y aventureros que buscaban la riqueza que podía cambiar una vida.
En ese universo minero se formó José de la Borda.
Aquí, entre pueblos de montaña como el nuestro, se aprendía lo esencial: reconocer la tierra, entender las vetas, escuchar a los barreteros que conocían el corazón de la montaña. La minería no era solo trabajo, era una especie de conocimiento profundo del subsuelo.
Años después, ese conocimiento le permitiría descubrir en Taxco una veta extraordinaria que lo convertiría en uno de los hombres más ricos de toda la Nueva España.
Pero Borda no olvidó que la riqueza, en los pueblos mineros, siempre estaba ligada a algo más grande: la fe.
Según cuentan las crónicas, hizo una promesa. Si la fortuna llegaba, construiría un templo que alabara a Dios. Y así nació una de las iglesias más impresionantes de América: Santa Prisca de Taxco, levantada con la riqueza de la plata en apenas siete años.
Las torres de cantera rosa, los retablos cubiertos de oro y la magnificencia de ese templo no son solo arquitectura. Son el testimonio de lo que la minería podía lograr cuando las vetas se abrían generosas.
Sin embargo, detrás de esa grandeza hay una historia que también nos resulta familiar a los pueblos mineros.
La riqueza que brota de la montaña nunca es eterna.
Taxco vivió su auge gracias a las minas de Borda, pero como ha ocurrido tantas veces en la historia minera de México, después vinieron otros ciclos, otras épocas, otras búsquedas de riqueza en otras montañas.
Y ahí aparece nuevamente el destino de lugares como Tlalpujahua, que siglos después volvería a brillar con una de las minas más importantes del mundo: la Mina Dos Estrellas.
Por eso la historia de José de la Borda no es solo la historia de Taxco.
Es también la historia de una época en la que pueblos como Tlalpujahua formaban parte de la gran red minera que alimentó la riqueza de la Nueva España.
Una historia de montañas que guardan tesoros.
De hombres que aprendieron a leer la tierra.
Y de pueblos que, como el nuestro, siempre han vivido con la certeza de que bajo sus pies la historia todavía respira.
La promesa que pudo haber nacido en Tlalpujahua: José de la Borda y el templo que nunca se construyó.
En los pueblos mineros las historias no siempre viven en los archivos.
Muchas veces viven en la memoria.
Se transmiten en conversaciones, en relatos de familia, en las palabras de los abuelos que escucharon a otros antes que ellos. Así se conservan algunas de las historias más intrigantes de Tlalpujahua, y una de ellas involucra a uno de los personajes más extraordinarios de la minería en la Nueva España: José de la Borda.
La historia oficial dice que José de la Borda se hizo inmensamente rico en las minas de Taxco y que, movido por una profunda devoción religiosa, prometió construir un gran templo si Dios bendecía sus empresas mineras. Ese templo sería más tarde la magnífica iglesia de Santa Prisca en Taxco, una de las obras más espectaculares del barroco novohispano.
Sin embargo, en la tradición oral de Tlalpujahua existe otra versión de esa promesa.
Una versión que coloca el origen de esa historia no en Taxco, sino en estas montañas.
En el siglo XVIII Tlalpujahua era ya un importante distrito minero. Sus vetas de plata eran conocidas desde el periodo colonial temprano y sus minas atraían inversionistas, comerciantes y aventureros que buscaban fortuna en el corazón de la sierra. La región formaba parte de un corredor minero que conectaba pueblos como Angangueo, El Oro, Temascaltepec y Taxco, creando una red de actividad económica que se extendía por gran parte del centro de la Nueva España.
Según la tradición local, fue durante una de sus etapas de trabajo o inversión en este distrito cuando José de la Borda experimentó una situación difícil en sus empresas mineras.
Las minas son impredecibles.
Hay días en que la montaña parece cerrarse y negar su riqueza.
Las vetas desaparecen.
El mineral escasea.
Los gastos aumentan.
Muchos mineros del siglo XVIII vivían siempre al borde de la ruina. En ese contexto, se dice que Borda hizo una promesa: si las minas volvían a rendir riqueza, levantaría un templo en Tlalpujahua.
Los mineros confiaban en su protección frente a los peligros del trabajo subterráneo: derrumbes, inundaciones y accidentes que podían ocurrir en cualquier momento.
Pero la historia dio un giro inesperado.
Años después, lejos de estas montañas, Borda descubrió en Taxco una de las vetas de plata más ricas del siglo XVIII. Aquella veta transformó su destino de manera radical. En muy poco tiempo pasó de ser un inversionista minero más a convertirse en uno de los hombres más ricos del virreinato.
Fue entonces cuando decidió cumplir la promesa que había hecho años antes.
Pero el templo que había imaginado para Tlalpujahua no se levantaría aquí.
La promesa se cumpliría en Taxco.
Entre 1751 y 1758 se construyó la iglesia de Santa Prisca, una obra monumental financiada prácticamente en su totalidad por la fortuna de Borda. Sus torres de cantera rosa se elevaron sobre la ciudad minera como símbolo del poder económico de la plata y de la fe de quien había hecho aquella promesa.
El templo se convirtió en una de las joyas arquitectónicas más extraordinarias de la Nueva España.
Mientras tanto, en Tlalpujahua, el tiempo siguió su curso.
Siglos después, el pueblo construiría su propio templo, hoy dedicado a la Virgen del Carmen, uno de los espacios más queridos por los habitantes de esta tierra. Para algunos, esa iglesia guarda un eco lejano de aquella promesa que, según la tradición, pudo haber nacido aquí.
¿Es esta historia completamente cierta?
Tal vez nunca lo sabremos con absoluta certeza.
Pero lo que sí sabemos es que durante el siglo XVIII los distritos mineros de Tlalpujahua y Taxco estaban profundamente conectados. Los mismos inversionistas, comerciantes y mineros circulaban entre estos territorios en busca de vetas y oportunidades.
Por eso no resulta extraño que la memoria colectiva haya tejido una historia que vincula a José de la Borda con estas montañas.
Los pueblos mineros tienen una relación muy particular con el tiempo.
Las vetas se agotan, las minas se cierran, las fortunas aparecen y desaparecen. Pero las historias permanecen.
Y entre esas historias vive la idea de que, en algún momento del siglo XVIII, un hombre que buscaba riqueza en las montañas de la Nueva España prometió levantar un templo si la fortuna lo acompañaba.
Quizá esa promesa nació en Tlalpujahua.
Y aunque el templo monumental terminó levantándose en Taxco, la memoria de aquella historia todavía parece resonar entre las calles empedradas, las montañas y las antiguas minas de este pueblo que también ha vivido, durante siglos, bajo el misterio y la riqueza de la tierra.
Mentxaka