Hotel Casa Mentxaka

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07/04/2026
José de la Borda: el magnate de la plata que también caminó por Tlalpujahua.Hay historias que parecen pertenecer a lugar...
10/03/2026

José de la Borda: el magnate de la plata que también caminó por Tlalpujahua.
Hay historias que parecen pertenecer a lugares lejanos… pero cuando uno las mira con calma, descubre que también pasan por nuestros propios caminos.
La historia de José de la Borda es una de ellas.
En el siglo XVIII llegó a la Nueva España un hombre nacido en Europa que buscaba lo mismo que tantos otros: fortuna en las minas. No llegó como un gran señor ni como un noble poderoso. Llegó como muchos llegaron: con esperanza, con ambición y con la intuición de que bajo la tierra de estas montañas dormía una riqueza inmensa.
Antes de convertirse en uno de los hombres más ricos del virreinato, Borda recorrió varios distritos mineros del centro de la Nueva España. En ese mundo de socavones, vetas y barreteros aparece un nombre que para nosotros no es ajeno: Tlalpujahua.
En aquellos años, Tlalpujahua ya era un importante centro minero. Sus montañas guardaban plata desde siglos atrás y sus caminos formaban parte de una red minera que conectaba pueblos como Angangueo, El Oro, Temascaltepec y Taxco. Por esas rutas se movían mineros, comerciantes, inversionistas y aventureros que buscaban la riqueza que podía cambiar una vida.
En ese universo minero se formó José de la Borda.
Aquí, entre pueblos de montaña como el nuestro, se aprendía lo esencial: reconocer la tierra, entender las vetas, escuchar a los barreteros que conocían el corazón de la montaña. La minería no era solo trabajo, era una especie de conocimiento profundo del subsuelo.
Años después, ese conocimiento le permitiría descubrir en Taxco una veta extraordinaria que lo convertiría en uno de los hombres más ricos de toda la Nueva España.
Pero Borda no olvidó que la riqueza, en los pueblos mineros, siempre estaba ligada a algo más grande: la fe.
Según cuentan las crónicas, hizo una promesa. Si la fortuna llegaba, construiría un templo que alabara a Dios. Y así nació una de las iglesias más impresionantes de América: Santa Prisca de Taxco, levantada con la riqueza de la plata en apenas siete años.
Las torres de cantera rosa, los retablos cubiertos de oro y la magnificencia de ese templo no son solo arquitectura. Son el testimonio de lo que la minería podía lograr cuando las vetas se abrían generosas.
Sin embargo, detrás de esa grandeza hay una historia que también nos resulta familiar a los pueblos mineros.
La riqueza que brota de la montaña nunca es eterna.
Taxco vivió su auge gracias a las minas de Borda, pero como ha ocurrido tantas veces en la historia minera de México, después vinieron otros ciclos, otras épocas, otras búsquedas de riqueza en otras montañas.
Y ahí aparece nuevamente el destino de lugares como Tlalpujahua, que siglos después volvería a brillar con una de las minas más importantes del mundo: la Mina Dos Estrellas.
Por eso la historia de José de la Borda no es solo la historia de Taxco.
Es también la historia de una época en la que pueblos como Tlalpujahua formaban parte de la gran red minera que alimentó la riqueza de la Nueva España.
Una historia de montañas que guardan tesoros.
De hombres que aprendieron a leer la tierra.
Y de pueblos que, como el nuestro, siempre han vivido con la certeza de que bajo sus pies la historia todavía respira.
La promesa que pudo haber nacido en Tlalpujahua: José de la Borda y el templo que nunca se construyó.
En los pueblos mineros las historias no siempre viven en los archivos.
Muchas veces viven en la memoria.
Se transmiten en conversaciones, en relatos de familia, en las palabras de los abuelos que escucharon a otros antes que ellos. Así se conservan algunas de las historias más intrigantes de Tlalpujahua, y una de ellas involucra a uno de los personajes más extraordinarios de la minería en la Nueva España: José de la Borda.
La historia oficial dice que José de la Borda se hizo inmensamente rico en las minas de Taxco y que, movido por una profunda devoción religiosa, prometió construir un gran templo si Dios bendecía sus empresas mineras. Ese templo sería más tarde la magnífica iglesia de Santa Prisca en Taxco, una de las obras más espectaculares del barroco novohispano.
Sin embargo, en la tradición oral de Tlalpujahua existe otra versión de esa promesa.
Una versión que coloca el origen de esa historia no en Taxco, sino en estas montañas.
En el siglo XVIII Tlalpujahua era ya un importante distrito minero. Sus vetas de plata eran conocidas desde el periodo colonial temprano y sus minas atraían inversionistas, comerciantes y aventureros que buscaban fortuna en el corazón de la sierra. La región formaba parte de un corredor minero que conectaba pueblos como Angangueo, El Oro, Temascaltepec y Taxco, creando una red de actividad económica que se extendía por gran parte del centro de la Nueva España.
Según la tradición local, fue durante una de sus etapas de trabajo o inversión en este distrito cuando José de la Borda experimentó una situación difícil en sus empresas mineras.
Las minas son impredecibles.
Hay días en que la montaña parece cerrarse y negar su riqueza.
Las vetas desaparecen.
El mineral escasea.
Los gastos aumentan.
Muchos mineros del siglo XVIII vivían siempre al borde de la ruina. En ese contexto, se dice que Borda hizo una promesa: si las minas volvían a rendir riqueza, levantaría un templo en Tlalpujahua.
Los mineros confiaban en su protección frente a los peligros del trabajo subterráneo: derrumbes, inundaciones y accidentes que podían ocurrir en cualquier momento.
Pero la historia dio un giro inesperado.
Años después, lejos de estas montañas, Borda descubrió en Taxco una de las vetas de plata más ricas del siglo XVIII. Aquella veta transformó su destino de manera radical. En muy poco tiempo pasó de ser un inversionista minero más a convertirse en uno de los hombres más ricos del virreinato.
Fue entonces cuando decidió cumplir la promesa que había hecho años antes.
Pero el templo que había imaginado para Tlalpujahua no se levantaría aquí.
La promesa se cumpliría en Taxco.
Entre 1751 y 1758 se construyó la iglesia de Santa Prisca, una obra monumental financiada prácticamente en su totalidad por la fortuna de Borda. Sus torres de cantera rosa se elevaron sobre la ciudad minera como símbolo del poder económico de la plata y de la fe de quien había hecho aquella promesa.
El templo se convirtió en una de las joyas arquitectónicas más extraordinarias de la Nueva España.
Mientras tanto, en Tlalpujahua, el tiempo siguió su curso.
Siglos después, el pueblo construiría su propio templo, hoy dedicado a la Virgen del Carmen, uno de los espacios más queridos por los habitantes de esta tierra. Para algunos, esa iglesia guarda un eco lejano de aquella promesa que, según la tradición, pudo haber nacido aquí.
¿Es esta historia completamente cierta?
Tal vez nunca lo sabremos con absoluta certeza.
Pero lo que sí sabemos es que durante el siglo XVIII los distritos mineros de Tlalpujahua y Taxco estaban profundamente conectados. Los mismos inversionistas, comerciantes y mineros circulaban entre estos territorios en busca de vetas y oportunidades.
Por eso no resulta extraño que la memoria colectiva haya tejido una historia que vincula a José de la Borda con estas montañas.
Los pueblos mineros tienen una relación muy particular con el tiempo.
Las vetas se agotan, las minas se cierran, las fortunas aparecen y desaparecen. Pero las historias permanecen.
Y entre esas historias vive la idea de que, en algún momento del siglo XVIII, un hombre que buscaba riqueza en las montañas de la Nueva España prometió levantar un templo si la fortuna lo acompañaba.
Quizá esa promesa nació en Tlalpujahua.
Y aunque el templo monumental terminó levantándose en Taxco, la memoria de aquella historia todavía parece resonar entre las calles empedradas, las montañas y las antiguas minas de este pueblo que también ha vivido, durante siglos, bajo el misterio y la riqueza de la tierra.
Mentxaka

El Señor del Monte de Tlalpujahua.Su Historia y la tradición del Carnaval Mazahua. Parte 2. Carnaval Mazahua en honor al...
14/02/2026

El Señor del Monte de Tlalpujahua.
Su Historia y la tradición del Carnaval Mazahua.

Parte 2. Carnaval Mazahua en honor al Señor del Monte: danza, memoria y sincretismo vivo

Cada año, en los días previos al Miércoles de Ceniza, Tlalpujahua deja de ser solo un pueblo minero con historia colonial para convertirse en un escenario de memoria ancestral. El Carnaval Mazahua en honor al Señor del Monte no es simplemente una festividad: es una manifestación viva de fe indígena, identidad cultural y continuidad histórica que ha sobrevivido por más de cuatro siglos.

En el centro de esta tradición se encuentra el Señor del Monte, un Cristo elaborado en pasta de caña de maíz y jugos vegetales en el siglo XVI. La técnica misma revela el corazón del fenómeno: la evangelización no borró la cultura indígena, sino que se entrelazó con ella. La imagen cristiana fue modelada con manos indígenas y materiales de la tierra.
Desde su origen, esta devoción nació del encuentro —y tensión— entre cosmovisiones.

Un sincretismo que no desaparece.

La celebración está profundamente arraigada en la espiritualidad mazahua y otomí. La danza, la peregrinación, la música y las ofrendas tienen raíces prehispánicas, pero hoy dialogan con el calendario católico. No se trata de una simple adaptación, sino de un proceso de sincretismo donde lo indígena no se disolvió, sino que encontró nuevas formas de expresión.

El lunes y martes anteriores al Miércoles de Ceniza —momento que marca el inicio de la Cuaresma— miles de peregrinos llegan desde comunidades mazahuas y otomíes. Algunos comienzan su recorrido en El Llanito, donde honran primero al Señor del Llanito antes de dirigirse a la colina del Señor del Monte. La geografía misma se convierte en un mapa espiritual.

El Martes de Carnaval es el punto culminante. En algunos años se congregan entre cinco y diez mil participantes. Desde el amanecer hasta el anochecer, la colina se llena de música de tambor y flauta, de machetes que chocan rítmicamente, de vestidos de terciopelo y coronas brillantes. Lo que para un visitante podría parecer un espectáculo folclórico es, en realidad, una ofrenda ritual.

La danza como lenguaje sagrado.

Los danzantes —santiagueros, sonajeros y otras cuadrillas— ejecutan movimientos que evocan lucha, resistencia y entrega. El machete no es violencia: es símbolo de trabajo, defensa y dignidad campesina. El ritmo constante representa perseverancia. El cuerpo en movimiento es oración.

Muchos peregrinos cargan pequeños Cristos atados a la espalda. Es un gesto íntimo de compromiso y devoción. No vienen a mirar; vienen a ofrecer.
La danza expresa peticiones colectivas: salud, lluvias oportunas, buenas cosechas, protección familiar, estabilidad económica. También expresa agradecimiento. Es un acto de reciprocidad espiritual: la comunidad ofrece esfuerzo y belleza, esperando bendición y equilibrio.

Tlalpujahua: monte sagrado y memoria compartida.

La capilla se ubica en una colina que, mucho antes de la evangelización, ya poseía significado espiritual. En el mundo indígena, los montes y cerros eran puntos de contacto entre lo humano y lo divino. Cuando llegó el cristianismo, muchos de estos espacios fueron resignificados, no eliminados. La cruz se colocó donde antes ya había sacralidad.

Por eso el Señor del Monte no solo pertenece al calendario católico; pertenece también al paisaje y a la memoria ancestral del altiplano.

Durante más de 400 años, esta tradición ha sido transmitida de generación en generación. Padres enseñan a hijos los pasos, los cantos, el sentido profundo de la promesa. Los niños participan desde pequeños, aprendiendo que la identidad no solo se hereda, se vive.

Más que una fiesta.

El Carnaval Mazahua no es turismo religioso ni simple celebración previa a la Cuaresma. Es un acto de resistencia cultural. Es prueba de que la identidad indígena sigue presente, activa y organizada.
En un mundo donde las tradiciones suelen diluirse ante la modernidad, el Señor del Monte continúa convocando a miles. No por obligación, sino por convicción.

Y quizá allí reside su fuerza: en la continuidad.
En la danza que no se detiene.
En el monte que sigue siendo sagrado.
En la fe que no ha olvidado sus raíces.

El Señor del Monte de TlalpujahuaSu historia y la tradición del Carnaval MazahuaParte I: Historia, fe y memoria vivaEn l...
14/02/2026

El Señor del Monte de Tlalpujahua
Su historia y la tradición del Carnaval Mazahua

Parte I: Historia, fe y memoria viva

En lo alto de una pequeña colina al noreste de Tlalpujahua se encuentra una imagen que, más que una escultura religiosa, es un símbolo de identidad colectiva. El Señor del Monte, un Cristo crucificado venerado desde hace más de cuatro siglos, representa no solo una devoción profundamente arraigada, sino también la memoria histórica de un pueblo que ha aprendido a entrelazar sus raíces indígenas con la tradición cristiana.

Hablar del Señor del Monte es hablar de convergencias. La imagen no está hecha de madera ni de piedra, como podría suponerse. Fue elaborada con pasta de caña de maíz y jugos vegetales —una técnica indígena empleada durante los primeros años del periodo colonial en México—. Este detalle, aparentemente técnico, revela una verdad más profunda: la evangelización no se impuso únicamente desde fuera, sino que fue reinterpretada por manos indígenas que integraron sus propios saberes materiales y simbólicos en la representación de lo sagrado.

La pasta de caña permitía crear imágenes ligeras y resistentes, adecuadas para ser transportadas en territorios extensos. Sin embargo, su importancia va más allá de lo práctico. En ella se encuentra la fusión de dos mundos: la cosmovisión indígena y la fe cristiana. El Señor del Monte es, en su esencia material, una síntesis cultural.

Se estima que la imagen fue creada en el siglo XVI, durante los primeros años de la evangelización en la Nueva España. No se conoce el nombre del autor, pero es probable que haya sido elaborada por artesanos indígenas formados por misioneros, quienes aprendieron a representar símbolos cristianos sin abandonar del todo su sensibilidad artística ancestral. La capilla actual que resguarda la imagen fue erigida en el siglo XVIII, lo que sugiere que la devoción ya existía con anterioridad y que la figura había adquirido relevancia mucho antes de contar con el templo que hoy la alberga.

El nombre “Señor del Monte” no es casual. Originalmente, la capilla estuvo dedicada a la Virgen de Guadalupe; sin embargo, con el paso del tiempo —especialmente durante el siglo XIX— la devoción al Cristo fue creciendo hasta convertirse en el centro espiritual del lugar. Su ubicación en la colina refuerza el significado: antes de la llegada del cristianismo, los montes y cerros eran espacios sagrados para los pueblos originarios del altiplano. Eran puntos de encuentro entre lo humano y lo divino. La cruz no sustituyó esa sacralidad; vino a dialogar con ella.

La historia del Señor del Monte también está marcada por episodios que fortalecieron la fe comunitaria. Uno de los relatos más difundidos es el de la tragedia de 1937, cuando un deslave conocido como “las lamas” devastó gran parte de Tlalpujahua. La capilla, según testimonios locales, fue uno de los espacios que permaneció en pie, y varias personas encontraron refugio en su interior. Para muchos habitantes, aquel hecho no fue solo una circunstancia histórica, sino una manifestación de protección espiritual.

Pero quizá la fuerza más grande del Señor del Monte no se encuentra en los relatos extraordinarios, sino en la continuidad cotidiana de la fe. Cada año, especialmente durante el Martes de Carnaval, miles de danzantes mazahuas y otomíes ascienden a la capilla para ofrecer su baile. No se trata de un espectáculo folclórico, sino de una ofrenda viva. Algunos suben para agradecer favores recibidos; otros, para pedir salud, trabajo o bienestar familiar. Las historias de milagros no siempre están escritas en documentos oficiales, pero circulan en la palabra compartida y en la memoria colectiva.

Desde una mirada cultural, la danza al Señor del Monte puede entenderse como un acto de reciprocidad. La comunidad ofrece música, movimiento y tradición, esperando a cambio bendición y equilibrio. Santiagueros, sonajeros, pastores y otros grupos rituales mantienen viva una práctica que no es solo religiosa, sino identitaria. En cada paso de danza se reafirma la pertenencia a una historia común.

El monte, la cruz, la música y el pueblo forman un mismo relato.

El Señor del Monte no es únicamente una imagen antigua resguardada en una capilla. Es un puente entre lo prehispánico y lo colonial, entre la tierra y lo divino, entre el pasado y el presente. Es memoria viva de Tlalpujahua.

Y mientras haya quien suba a esa colina con fe, con danza o con silencio, esa memoria seguirá respirando.

Hay viajeros que buscan descanso.Y hay viajeros que, sin saberlo, buscan volver a sí mismos.No todos los viajes comienza...
13/02/2026

Hay viajeros que buscan descanso.
Y hay viajeros que, sin saberlo, buscan volver a sí mismos.

No todos los viajes comienzan en un mapa.
Algunos empiezan cuando el ruido se apaga
y el corazón, por fin, encuentra silencio.

En cada estancia hay algo que no aparece en las fotografías:
el instante sutil en que uno se reconoce,
el momento en que la memoria toca la puerta
y susurra quiénes hemos sido.

El Eco de Tus Pasos habla de ese murmullo.
De los lugares que nos transforman sin pedir permiso.
De las despedidas que siguen latiendo.
De los regresos que no son al lugar…
sino a lo que somos.

Tal vez por eso este libro nació aquí, en mi hermoso Tlalpujahua,
entre muros que saben guardar secretos
y habitaciones que han visto amanecer historias que nadie contó.

Hoy vive también en Kindle,
para que quien alguna vez caminó por aquí
pueda regresar —
no con los pies,
sino con el alma.

Mentxaka.

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Gracias por permitirnos ser parte de tus momentos especiales.Te deseamos una Navidad llena de luz, descanso y buena comp...
25/12/2025

Gracias por permitirnos ser parte de tus momentos especiales.
Te deseamos una Navidad llena de luz, descanso y buena compañía.
Hotel Casa Mentxaka

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Sus fachadas de colores contrasta con las luces y penumbras qué denotan ya mas de 500 años de historia.

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