09/09/2026
Mi mamá firmó mi acta de nacimiento con una sonrisa llena de esperanza.
Yo firmé su acta de defunción con las manos temblando, con el corazón roto y deseando que aquello fuera una mentira.
Ella eligió mi primera ropita con ilusión, imaginando la persona en la que algún día me convertiría.
Yo elegí su última ropa con un n**o en la garganta, intentando encontrar un lugar donde guardar un dolor que no cabía dentro de mí.
Ella vio mi primer suspiro y lloró de felicidad.
Yo vi el último de ella y lloré de desesperación, rogándole en silencio que respirara una vez más.
Ella me cargó cuando mis piernas todavía no podían sostenerme.
Y cuando las suyas dejaron de responder, fui yo quien quiso sostenerla con todas mis fuerzas.
Ella pasó noches enteras cuidándome cuando tenía fiebre, cuando tenía pesadillas o cuando simplemente necesitaba saber que mamá estaba cerca.
Y llegó una noche en la que me tocó quedarme despierto a su lado, escuchando cada respiración y deseando que el amanecer tardara en llegar.
Ella me enseñó a caminar con pasos pequeños y torpes.
Yo la acompañé en sus últimos pasos, mucho más lentos, mucho más pesados y llenos de lágrimas.
Ella me alimentó con sus manos hasta que aprendí a hacerlo por mí mismo.
Y un día, cuando ya no podía sostener una cuchara, fui yo quien intentó alimentarla con las manos temblando.
Ella celebró cada uno de mis cumpleaños.
Yo aprendí a contar los días desde que dejó de estar.
La vida tiene una forma extraña de cerrar sus ciclos.
Primero mamá te carga en sus brazos porque tú no puedes caminar.
Y después puede llegar el día en que tú quieras cargar con su dolor porque ella ya no puede hacerlo sola.
Por eso no guardes los abrazos para mañana.
No dejes el “te amo” para cuando tengas tiempo. No permitas que las prisas, el orgullo o las pequeñas discusiones te hagan olvidar lo importante.
Porque un día puede llegar una llamada que cambie tu vida.
Un día puede llegar ese papel que nunca quisiste firmar.
Y entonces darías cualquier cosa por escuchar otra vez su voz diciendo tu nombre.
“Te amo, mamá” parece una frase sencilla.
Pero cuando sabes que puede ser la última vez que tengas oportunidad de decirla, entiendes que esas palabras pesan más que cualquier cosa.
Abraza a tu mamá mientras puedas.
Visítala. Llámala. Pregúntale cómo está.
Porque el día que ya no puedas hacerlo, descubrirás que no existe cantidad de dinero, tiempo ni arrepentimiento capaz de comprar cinco minutos más a su lado.
Ella te dio la vida.
Y cuando algún día tenga que partir, no se llevará solamente su vida consigo.
Se llevará una parte de la tuya.
Por eso, mientras todavía esté aquí…
díselo.
Te amo, mamá.