31/05/2026
Muchos crecimos en hogares donde no había lujos, pero nunca faltó el esfuerzo de una madre que hacía hasta lo imposible para poner un plato de comida sobre la mesa. Tal vez no había grandes banquetes, pero había amor, sacrificio y una enseñanza que vale más que cualquier riqueza: aprender a agradecer.
Con los años entendemos que aquellos platos sencillos de arroz y huevo llevaban algo que no se compra en ningún mercado: el cariño de una madre que muchas veces se privaba de cosas para que sus hijos estuvieran bien. Por eso, cuando recordamos nuestra infancia, no recordamos solo la comida, sino las manos que la preparaban y el amor con el que era servida.
La verdadera abundancia no siempre está en tener mucho, sino en valorar lo que se tiene. Y quienes aprendimos a dar gracias por lo poco, también aprendimos a luchar por lo mucho sin olvidar de dónde venimos.