26/07/2026
En ese momento pareció pura coincidencia, una especie de distracción nos habría llevado hasta ese punto: mientras demolíamos el techo de la casa principal de Villa Gabita, empacábamos, en la ciudad, lo que podíamos llevar, para salir de lo que había sido nuestra casa familiar por más de 25 años.
Como la vida nos ha desafiado de la manera más brutal con la enfermedad del olvido por la que transita Gabita, nuestra madre, nunca llegamos a hacer el ejercicio de ir seleccionando y descartando qué nos acompañaría en estos años, hasta el momento de tener que decidirlo absolutamente todo.
Desde lo más grande hasta lo más chiquitito. De decidir sobre lo nuestro, pero también sobre lo de ella y lo de él. Mueble de madera empotrado, cartas de mi abuela de cuando él era aún un adolescente y se fue a buscar la vida lejos, colección de papeles de carta de ella para dejarnos mensajes de amor en fechas especiales, polverita de porcelana azul, aretes que de niña soñaba con usar y ahora no tenían par. Semanas enteras de esto sí y esto no, de esto aún, de “todo esto hay que dejarlo ir”.
Con Villa Gabita a cielo abierto y toda una vida volando en modo Mago de Oz, llegó nuestra Dorothy con ojitos llorosos, a plantear la pregunta difícil ¿Ahora a qué vamos a llamar nuestra casa, mamá? La pregunta no era por el lugar al que iríamos, era por dónde pondríamos nuestros afectos ahora que todo parecía haber dejado de estar en su lugar.
Con las semanas fuimos haciendo casa otra vez, tejiendo esos hilos que van de objeto a objeto, de persona a objeto, de persona a persona, una red de relaciones que, independiente del lugar que te toca habitar, empieza como una intuición (esto está / estaremos bien aquí) y toma forma en el trajín de lo cotidiano.
Así llegamos hasta aquí, con las cosas en su (nuevo) lugar bajo el techo de lo que resulta familiar y la casa principal de Villa Gabita más nuestra que nunca. Gracias a todxs los que nos acompañaron en estos meses. Bienvenidxs.